¿QUÉ ES LA ENERGÍA VITAL?

Artículo publicado en el número 54 (Octubre 2012) de la revista Universo Holístico.

En mi anterior escrito para UH del mes de Junio, relacioné el concepto de “enfermedad” con el de “estrés” y a su vez, ambos, con el de “Energía Vital”. En esta ocasión, me gustaría desarrollar someramente la naturaleza de este pilar básico de la visión holística de la salud. Por supuesto no pretendo dar una definición definitiva y cerrada, de algo tan complejo, pero si dejar ciertas pinceladas.

Nuestro organismo es un reservorio de esta escurridiza energía denominada Chi, Prana u Orgón por diferentes tradiciones, y repudiada por la mentalidad occidental por su sutileza y dificultad de medición. No obstante, es la resonancia que nuestro cuerpo mantiene con ella, es decir, la capacidad de nuestras estructuras físicas para mantener esa energía bañando nuestras células, y su capacidad para que circule sin obstáculos por los diferentes niveles orgánicos,  lo que nos permite estar vivos… Y sanos.

La prueba más fehaciente, así como la explicación más intuitiva y gráfica de su existencia e importancia, la obtenemos, al estudiar el cuerpo de una persona cinco minutos antes y cinco minutos después de fallecer de muerte natural. Si examinamos la composición de ese organismo conforme a la ciencia tradicional bioquímica antes de producida la muerte, y después de la misma, obtendremos ni más ni menos que… ¡Exactamente el mismo resultado! Comprenderemos entonces fácilmente, que la vida no es una cuestión de bioquímica, ni de biología molecular, aunque ambas por supuesto, desempeñen su papel. No puede ser descrita por el estudio de los átomos, moléculas, etc…  porque en ese aspecto, como hemos visto, “vida” y “muerte” pueden ser idénticas.

La Energía de la Vida es la matriz de todo lo manifiesto. Es el fondo del que surge todo lo creado, ya sea considerado “vivo” o “muerto” por la mente humana. Podríamos decir que no existe nada que esté “muerto” como tal,  solo existen diferentes niveles de “vida”. Todo es relativo a con qué se compare. ¿Acaso se puede considerar algo en el universo como “muerto” cuando ya sabemos que está en permanente movimiento, en permanente transformación, aunque a escala de miles de millones de años? ¿Se puede considerar “muerte” al orden exquisito con el que se forman y mantienen las galaxias, los sistemas solares y demás estructuras cósmicas? La “muerte” no es más que el caldo de cultivo en la que se gestan nuevas formas de “vida”. No hay Vida sin Muerte ni Muerte sin Vida. Todo forma un continuo en permanente mutación. La materia no es más que energía condensada, la energía no es más que materia sublimada.

La Energía Vital es además una energía compuesta: una pero a la vez múltiple. Puede describirse como una sinfonía musical a este nivel: está constituida por sonidos individuales, pero hermanados, para formar un todo, en donde las subpartes encuentran su máxima expresión y entidad como parte de ese algo mayor e inconmensurable que es la melodía conjunta que conforman.  La Energía Vital de un organismo complejo, como el del ser humano, se organiza exactamente así. Aunque cada órgano (instrumento) posee su propia energía vital individual, la energía vital conjunta del organismo actúa como director de orquesta armonizando los distintos sonidos (funciones) para formar una bella sintonía, el cuerpo sano.

Esta energía es además pulsante como todo en el Universo. Aunque es una, se manifiesta de manera dual, bipolar. “Vida-muerte”, “noche-día”, “femenina-masculina”, “luz-oscuridad”, el flujo y reflujo de las mareas. Es en este sentido fácilmente moldeable, muy flexible, se deja llevar… Pero ¡ojo! ¡Es muy reactiva! Siempre va a manifestar su doble cara. Cuanto más se intente reprimir una de ellas, con más fuerza y violencia manifestará la otra, llegado su momento. El pensamiento analógico tan bien manejado en Oriente y vetado en Occidente como algo pueril y primitivo, nos puede asistir en este caso. Se asemeja al bambú, se deja doblar fácilmente, pero es muy difícil de quebrar y en cuanto se suelta, reacciona con violencia para compensar esa curvatura antes de volver a su posición. A diferencia del bambú, no obstante, es difícil controlar tanto el momento de su vuelta a su posición… Como la fuerza con que lo hace.

Esa energía puede, por último, condensarse, acumularse y formar estructuras, aparentemente individuales y separadas. Contenedores “materiales” que manifestaran de una manera más o menos fidedigna las cualidades de la Energía-madre-una. Esto dependerá del grado de evolución consciente o, en otras palabras, la “afinidad” que ese “contenedor” haya desarrollado por la Energía Madre.

La Energía Vital en el ser humano:

Si bien todo está bañado por la Energía de la Vida, la misma no se manifiesta con la misma intensidad en un trozo de roca, que en una bacteria, en una planta o en el ser humano, su máxima expresión conocida. Esas diversas estructuras materiales sintonizan con subpartes de esa Energía-Una, para organizar sus átomos y moléculas de determinadas maneras que las hacen diferentes de las otras. Es evidente que el tipo de energía que organiza los seres vivos contiene un tipo de información que no posee la que estructura una roca cristalina. Esa energía-información sutil, introduce la organización en los sistemas vivientes y restaura y renueva constantemente su propio vehículo celular de expresión. Cuando esa fuerza abandona el organismo, y este muere, el mecanismo físico se degrada poco a poco, hasta que no queda sino una serie de compuestos químicos caóticos e inconexos. Poco a poco, estos empiezan a funcionar con arreglo a otro tipo de fuerzas, al no estar ya presente la Energía Vital que los hacía funcionar coordinadamente para el mantenimiento de esa vida individual.

La Energía Vital que forma y mantiene cada tipo de ser vivo, tiene características diferentes del resto de especies. De la misma manera, la Energía Vital humana varía de un individuo a otro, aunque siempre en menor medida que con respecto de otras especies, evidentemente.

Los maestros taoístas enseñaban que existían dos componentes en la Energía Vital de un individuo:

-  Una parte, la más preciada, legada por nuestros ancestros a través de nuestros padres. Se nos otorga en el momento de la concepción y va a condicionar, en buena medida, los años que viviremos y con qué calidad lo haremos. Marca y moldea nuestra estructura física durante la embriogénesis como pertenecientes a una especie y a una raza. Es, a su vez, la que determina nuestras características de sexo y de individualidad física y psíquica. En definitiva, permite que nuestro cuerpo físico resuene con las energías sutiles/campos de información que estructuran y organizan la forma de vida humana. Es el hálito de Vida. Se nos otorga una cantidad y una calidad de esa “Energía Tesoro” que viene determinada por el tipo de vida que nuestros antepasados hayan llevado y resulta inamovible. No hay manera humana de ampliarla, la única prerrogativa del “mortal” es gestionar su desgaste.

Los Taoístas achacan el envejecimiento y muerte al desgaste de esa “Energía Tesoro”. Su agotamiento paulatino va provocando la falta de sintonía entre la estructura físico-química de naturaleza intrínsecamente inerte, y la energía vitalizante de los planos sutiles. De esa desarmonía deriva el  inevitable caos que se va apoderando de nuestras estructuras materiales con el tiempo. El progresivo envejecimiento culminaría irremisiblemente con el desorden total que representa la muerte, que no sería sino el agotamiento total de la Energía Tesoro.

- No obstante, la sutil Energía Tesoro necesita para su manifestación de una energía complementaria algo más densa.  Nunca podremos aumentar la Energía Tesoro, pero el tipo de vida que llevemos nos permitirá producir una fuerza energética complementaria: la “Energía Nutricia”. Si una nos era legada por la “providencia” y no dependía de nosotros directamente, esta última depende exclusivamente del ejercicio del libre albedrío del individuo, es decir, de sus decisiones. Este suplemento energético protege a la Energía Tesoro del desgaste, retrasándolo y haciéndolo más suave y armonioso. Su vigor depende de una adecuada respiración (ejercicio físico) y nutrición, pero también de la calidad del sueño, de la armonía pensamiento-sentimiento (satisfacción/frustración de  las relaciones afectivas, satisfacción/frustración derivada del trabajo etc.. ) y de la calidad de las energías electromagnéticas que nos rodean (donde residimos, trabajamos, dormimos, se desarrolla nuestro ocio).

Los errores que cometemos en nuestra forma de vida (aire, bebida, comida, descanso, toxicología química, toxicología energética (radiaciones electromagnéticas: aparatos electrónicos de todo tipo, móviles, wifi, radar, estaciones eléctricas) producen un estrés que aceleran el desgaste de la Energía Tesoro,  y con ello la llegada de la vejez y el aumento de la posibilidad de padecer “enfermedades”. Esto fue desarrollado con más detalle en mi escrito de Junio (ver en este mismo Weblog “La enfermedad es estrés”).

Las terapias holísticas actúan al nivel de la Energía Vital, en sus diferentes octavas y armónicos. Buscan potenciar y armonizar el organismo, mejorando la comunicación entre la fuente de la Vida y la Salud (las octavas superiores de la Energía Matriz) y las octavas inferiores, que organizan la vida física de nuestras células, órganos y sistemas.

Esa es la base de la práctica que desarrollo desde la iniciativa GETENAT, las claves para cuidar de la Energía de la Vida, esa que nos legaron nuestros padres en nombre de todos nuestros antepasados, como lo que es: un auténtico Tesoro, que nos permita desarrollar una vida más saludable y por lo tanto plena y feliz.

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