LA CONTAMINACIÓN ELECTROMAGNÉTICA I

La Organización Mundial de la Salud (OMS), a través de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasificó, el pasado 31 de mayo de 2011, los campos electromagnéticos de radiofrecuencia (las ondas usadas para las telecomunicaciones: ondas de radio, TV, telefonía móvil, Radar) como “posible cancerígeno en humanos (grupo 2B)”, basándose en un mayor riesgo de glioma –un cáncer del cerebro– asociado con el uso de teléfonos móviles. En esta misma clasificación de riesgo 2B ya fueron incluidos en 2002, los campos magnéticos de Frecuencia Extremadamente Baja (Extremely Low Frecuency o ELF su acrónimo en inglés), es decir, los producidos por torres de alta tensión, transformadores urbanos, instalaciones eléctricas domésticas, etc.

Tras un pequeño gran revuelo en los mentideros nacionales, el temporal se diluyó a los pocos días cual azucarillo en café, en un país cuya sociedad civil es prácticamente inexistente. Científicos a sueldo de la industrias eléctricas y de telecomunicaciones, aparecieron con todos los honores y en “prime time” en los medios de masas concertados*, para desmentir que esto implicara riesgo alguno para la salud de los millones de personas que despreocupada, y la mayoría de las veces insensatamente, vienen utilizando todo tipo de dispositivos inalámbricos y/o electrónicos (teléfonos móviles o fijos inalámbricos, Wifi, Tablets, ordenadores etc.., que viven cerca de transformadores eléctricos, de antenas de repetición de móviles, o de Radares etc..) de forma permanente.

Si hasta la Organización Mundial de la Salud (OMS), una organización marioneta más del entramado económico-industrial-militar que nos controla, no ha tenido más remedio que reconocer que el problema existe, imagínese amigo lector, la magnitud y profundidad que el mismo ha podido alcanzar, en medio el estado de ignorancia y anestesia general de la “opinión pública”.

Pero comencemos la historia por el principio…

¿Qué es la radiación electromagnética?

La naturaleza del electromagnetismo es algo sumamente técnico y complejo, pero se me antoja fundamental conocer unas nociones de base para poder empezar a comprender lo que se oculta detrás de todo esto, y poder así proteger mejor nuestra salud y la de nuestra familia.

La palabra aúna dos conceptos: el de electricidad y el de magnetismo. Al principio, fueron experimentados como dos fenómenos diferentes, pero al cabo del tiempo, se terminó descubriendo que no eran sino las dos caras de una misma entidad. En efecto, un imán en movimiento sobre un conductor eléctrico provocará una corriente y, a la inversa, una corriente eléctrica proyecta un campo magnético comparable al de un imán,  siendo este el principio que actúa en un “electro-imán”.

Tenemos, por lo tanto, el concepto de “magnetismo”, que hace referencia al campo que emana de un imán; y el de “electromagnetismo”, que es un concepto mucho más general y complejo pues abarca, además de al propio magnetismo, muy diversos tipos de manifestaciones e interacciones energéticas, como vamos a ver.

En primer lugar, resulta fundamental el comprender, que la interacción electromagnética es lo que da forma al mundo en el que vivimos y en el que nos desenvolvemos. Es lo que hace que su cuerpo y el mío, amigo lector, existan. La interacción electromagnética es el “pegamento” que mantiene unidos entre sí a los átomos y moléculas que todo lo componen y, en consecuencia, sostiene y da forma a toda nuestra realidad.

Por otro lado, y derivado de esto, el electromagnetismo es también un tipo de radiación energética que emiten, entre otras fuentes, todos los dispositivos capaces de conducir una corriente eléctrica. Pero también el calor y la luz son una forma de radiación electromagnética, como lo son los rayos UVA que nos ponen rojos y/o morenos, según… O los rayos X con los que nos hacen las radiografías o la radioterapia.

Se trata pues de un conjunto de entidades, en apariencia muy diferentes, pero que comparten el medio sobre el que su propagación se produce: ese substrato energético de la realidad que habitamos y que mencionábamos más arriba. Algunos se empeñan en seguir llamándolo “vacío” por la deformación de su instrucción materialista (según esta escuela la realidad es la materia y más allá no hay nada); otros “éter”, porque a estas alturas de conocimiento, resulta evidente que detrás de la materia hay “algo” y que ese “algo”, fue anterior a esta y la subyace: cantidades ingentes de energía, de las que este conjunto de radiaciones que nos ocupa, forma parte.

Por otro lado, los investigadores se dieron cuenta en su momento de que, además, todas esas radiaciones se desplazaban por el espacio a la misma velocidad: 300.000 Kilómetros por segundo. Sí… A algunos les sonará porque es la velocidad de la luz, como decíamos más arriba, parte también del electromagnetismo.

Ambos aspectos bastaron para colegir que se estaba trabajando con subpartes de un todo mayor y que, en consecuencia, se conviniera agrupar al conjunto bajo una misma denominación: la de espectro electromagnético.

Aquí debajo presento un bosquejo rápido de la clasificación del espectro, desde las radiaciones más energéticas y penetrantes, a las menos:

Rayos Gamma: emitidos por el Sol, isótopos radiactivos, explosiones y centrales nucleares, rayos cósmicos.

Rayos X: Sol, isótopos radiactivos, Explosiones y centrales nucleares, Radiografías, Radioterapia.

Rayos UV: Sol, lámparas bronceadoras

Luz Visible: Sol y lámparas.

Infrarrojos: el cuerpo detecta parte de este rango como calor.

Microondas: Telecomunicaciones  (teléfonos móviles, antenas repetidoras, TV, radares).

Ondas de Radio: Wifi, emisoras de radio, resonancia Schumann terrestre, pulsares.

Radiaciones ionizantes vs. no ionizantes:

Tradicionalmente  se consideró que sólo eran peligrosas para la salud, las emisiones más energéticas del espectro, es decir, las que producían los efectos más agudos, obvios y fulminantes sobre la vida. Se las denominó “radiaciones ionizantes” puesto que son capaces de alterar, mediante ionización (robo de electrones), la estructura de las macromoléculas más delicadas e íntimas que la vida utiliza para manifestarse en lo físico: el ADN. Su alteración de esta forma  produce la muerte o graves enfermedades degenerativas, a los individuos que las absorben, por mutaciones genéticas aberrantes. Son los rayos Gamma, los rayos X, y los rayos Ultravioletas B (UVB).

El sol genera el abanico completo de radiaciones electromagnéticas y entre ellas, por supuesto, todas las ionizantes altamente energéticas, pero también, los isótopos radiactivos naturales, las bombas atómicas y las centrales nucleares, generan este tipo de emisiones letales para la Vida.  El campo magnético del planeta y la capa de ozono nos protegen de las mismas cuando llegan de fuera de la Tierra. Cuando llegan de dentro, es otro cantar y nos vemos expuestos a ellas: cuando nos hacemos una radiografía, cuando volamos en avión, o cuando hay fugas y escapes en las centrales nucleares. Estos últimos ocurren con cierta frecuencia, a pesar de la ocultación permanente y de la propaganda pronuclear del establishment y sus coadláteres, directamente a sueldo o no, en los medios de comunicación. Por no hablar de los accidentes nucleares, ya saben… “¡REMEMBER FUKUSHIMA!”.

Por debajo de ese límite, se consideró que las demás radiaciones del espectro no constituían un peligro, pues no parecían ejercer efectos sobre los organismos vivos, salvo si acaso, los rayos Ultravioletas A (UVA) recibidos en demasía sobre la piel, junto con la radiación infrarroja o calor que nos puede quemar, y la luz para los tejidos fotosensibles como la retina. Se decidió pues que el resto tenían que ser totalmente inocuas, ya que no producían en dosis moderadas, efectos dañinos aparentes en ningún tejido orgánico.

Así , microondas y ondas de radio pudieron ser, como por casualidad, libremente explotadas tanto por el estamento militar, como por sus derivados industriales para la creación de “tecnología” y “riqueza”. Todo ello con todas las “garantías de seguridad” que precisaba la inocente, anestesiada y desinformada población mundial.

Aunque todo esto del espectro electromagnético nos parezca muy lejano, todos nosotros hemos crecido y vivido rodeados por estas energías. Baste, como botón de muestra, el recorrer el dial de una vieja radio para encontrar algunos acrónimos interesantes como “MW” (por “MicroWaves”: Microondas en inglés). O seguro que, a los que ya tenemos una cierta edad,  nos suenan, y mucho, el “VHF” y el “UHF”, las viejas frecuencias en las que emitían los dos únicos canales de la TV pública española hace no tanto tiempo. Es este ”rociado” permanente, y creciente a nivel exponencial en los últimos años, sin duda, uno de los factores de aumento de enfermedades crónico-degenerativas, cánceres incluidos, a edades cada vez más tempranas. Casi uno de cada cuatro ciudadanos occidentales u occidentalizados, padece hoy en día esta lacra… y creciendo.  Y todo ello, a pesar del arsenal de productos químicos cada vez más caros y tóxicos, de los bisturíes láser, y de los escáneres de última generación.

El segmento bajo del espectro (microondas y ondas de radio), el utilizado para las telecomunicaciones,  fue subdividido en una ristra de siglas acorde con su frecuencia: EHF (“Extremely High Frecuency”), SHF (“Super High Frecuency”), UHF (“Ultra High Frecuency”) , VHF (“Very High Frecuency”), HF (“High Frecuency”), MF (“Medium Frecuency”), LF (“Low Frecuency”), VLF (“Very Low Frecuency”), ELF (“Extremely Low Frecuency”). Donde las más altas frecuencias son las Microondas cuya energía se mide en Gigahercios (la “onda corta”), utilizadas para las emisoras de TV (UHF, VHF), los radares y la telefonía móvil; las medias, cuya frecuencia se mide en Megahercios, son las que utilizan las emisoras de radio, WiFi y DECT (teléfonos fijos inalámbricos); y las bajas y extremadamente bajas, ondas cuya frecuencia alcanza unos pocos cientos de hercios o menos, que son las que emana cualquier aparato conductor de una corriente eléctrica alterna: como las líneas de alta tensión, la lavadora, el ordenador, el televisor o el reloj despertador conectado a la corriente, con el que dormimos pegado a nuestra cabeza.

Las radiaciones no ionizantes también son peligrosas para la salud:

A pesar de su aparente “inocuidad”, resultaba no obstante evidente e inocultable que cualquier radiación energética produce, cuando alcanza un determinado umbral, un aumento de la temperatura sobre la superficie que se proyecta. La luz del sol sobre una ventana o vidrio (el efecto invernadero) es una de sus más cotidianas demostraciones. Las quemaduras de la piel cuando no estamos morenos es otra. De la misma manera, las partes menos energéticas del espectro, como las ondas de radio o las microondas, también suben la temperatura a partir de un umbral de intensidad. El controvertido electrodoméstico utilizado por muchas personas para calentar la leche de vaca es otra prueba cotidiana de ello.

El mantenimiento de una temperatura constante de unos 36,5º (medio grado arriba, medio abajo según las personas) es fundamental para el correcto metabolismo de nuestro cuerpo. Así por lo tanto, el calentamiento de los tejidos cerebrales al utilizar un móvil sobre el cráneo es uno de los efectos peligrosos de las denominadas “radiaciones no ionizantes”. Cuando adquirimos un teléfono móvil el fabricante está obligado a proporcionar el denominado “SAR” del aparato. “SAR” es el acrónimo inglés para “Specific Absortion Rate” o “Tasa Específica de Absorción”. Es decir, mide los niveles de absorción de energía por parte de los tejidos vivos.  El SAR se mide en Vatios por Kg de peso, por tanto nos da una referencia de la energía absorbida por masa de tejido.  Se necesitan al menos 4 SAR (W/Kg), para producir un aumento de la temperatura de un grado en el tejido impactado (nivel peligroso para la salud). Tal radiación se encuentra por ejemplo a “algunas decenas de metros de un campo de antenas emisoras de FM”. Los teléfonos móviles actuales se mueven entre algunas décimas de SAR y 2 SAR.

Este efecto “térmico” es, hoy por hoy, el único reconocido como nocivo por la industria y por ende, por los ministerios de Salud occidentales, auténticos minitíteres en manos de macrointereses con presupuestos de tamaño planetario. Por lo tanto cualquier radiación electromagnética no ionizante de intensidad insuficiente para elevar la temperatura de los tejidos sobre los que impacta, no se considerará negativa para la salud humana…

Resulta, llegados a este punto, muy ilustrativa la historia del establecimiento de los estándares actuales de seguridad en referencia a las radiaciones no ionizantes.  La actitud del “establishment” hacia los efectos de salud provocados por estas emisiones deriva en su mayor medida del trabajo de un tal Herman Schwan. Un ingeniero que fue profesor del instituto de Biofísica Kaiser Guillermo de Alemania durante la mayor parte de la era Nazi. Él, como tantos otros colaboradores con el régimen  exterminador (ver artículo Reflexiones sobre los transgénicos II), fue admitido en los EEUU durante los duros años de la guerra fría con la Unión Soviética. Pero, no para engrosar las filas de criminales de guerra y de colaboracionistas con el nazismo y ser juzgados en consecuencia, no, sino… ¡Con todos los honores! Ya se había  establecido una nueva “guerra”, esta vez “fría”, para justificar lo injustificable, bajo el paraguas siempre resultón de la ““seguridad nacional””.

El tal Schwan, trabajó desde el principio para lo que los estadounidenses llaman eufemísticamente el “Departamento de Defensa” (o sea el ministerio de la guerra). Este señor consideró que los seres vivos no eran diferentes de los “Hot Dogs” (de casta le viene al galgo nazi) que los técnicos de radar freían en sus emisores de microondas (el propio radar) durante la segunda guerra mundial. El “cocinado” fue pues el único efecto dañino que pudo atisbar.

Schwan utilizaba albóndigas de diferentes tamaños o recipientes con agua salada, como representación de animales y seres humanos, sus tamaños y presumibles características eléctricas, para exponerlos a las frecuencias de telecomunicación.  El calentamiento se apreciaba, en estos modelos, a niveles de 100.000 microvatios por cm2. Probablemente sintiéndose muy generoso y condescendiente (ya no estaba en la Alemania nazi después de todo), Schwan propuso que se estableciera un margen “razonable” de seguridad 10 veces menor, resultando en 10.000 microvatios por cm2 para los humanos. Nadie comprobó posibles efectos más sutiles y este último nivel fue aceptado oficialmente de manera acrítica en 1965, por el estamento militar. Un año después era promocionado y recomendado por el Instituto Nacional de Estándares de EEUU (American National Standards Institute) como un parámetro de seguridad laboral, y de ahí a todo el mundo occidental.

Este es el tipo de mentalidad “científica” detrás de los parámetros de seguridad actuales: básicamente considerar al ser humano como un simple pedazo de carne con que el poder hacer guerras, o comerciar, según el momento, para beneficio de unos pocos, una élite económico-financiera, generalmente corrupta y sus secuaces “científico”-políticos.

En la segunda parte de este informe, repasaremos los efectos nocivos que se llevan censurando desde hace décadas por parte de los comisarios políticos (disfrazados de científicos y de periodistas) de esos intereses sectarios que dominan los recursos de investigación, y que nos dictan lo que es “correcto” y no, más allá de toda ética y de toda lógica mínimamente científica.

Son los denominados efectos no térmicos de las radiaciones no ionizantes. Su peligrosidad es conocida por lo menos desde los años 50, y no hay umbral a partir del cual sean nocivos o no. Siempre ejercen un efecto estresante o debilitante sobre el organismo. Sus efectos no son evidentes de inmediato,  y su daño se va larvando durante meses o años, lo que los hace fácilmente escamoteables. No obstante, el peso de la evidencia de estos 60 años, como podrá comprobar amigo lector en la siguiente entrega es, hoy por hoy, aplastante e insoslayable.

* En un país como España, no existe prensa independiente. Sólo “pública”: en manos del gobierno (demasiadas veces un mero títere del verdadero poder); o “concertada”, como los colegios: aparentemente “privada”, y en realidad financiada y, por lo tanto instrumentalizada, por los de siempre.

 

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6 Responses to LA CONTAMINACIÓN ELECTROMAGNÉTICA I

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