LA CONTAMINACIÓN ELECTROMAGNÉTICA II

El ser humano ha modificado su entorno hasta límites insospechables y, demasiadas veces, incompatibles con la  salud, en una carrera adolescente y suicida por querer saber más que la propia Vida. Cual púber engreído queriendo enmendar los “errores” de la Naturaleza, de sus padres y de sus abuelos, ha alterado el aire, el agua, la tierra y los alimentos, con una miríada de productos químicos y radiactivos que la Tierra tardará cientos o miles de años en degradar. Pero de todos ellos, es el entorno energético/electromagnético  el que más ha sufrido sus delirios adolescentes. La densidad de las ondas de radio/microondas a nuestro alrededor era, en el año 1985, tras un siglo de explosivo crecimiento, de 100 a 200 millones de veces los niveles naturales que nos llegaron del sol, durante cientos de millones de años. Imagínese, hoy en día, casi 30 años después, el estado de degeneración de la matriz energética de la Tierra, de la que depende en buena medida toda la vida sobre la faz del planeta.

Algunos me responderán que lo que afirmo en la introducción es absurdo. De hecho, nunca el ser humano había tenido tanto éxito en toda su historia, con una población de 6.000 millones de individuos (y creciendo), medrando a sus anchas. “¡El ser humano definitivamente ha triunfado sobre la Naturaleza!”

Pero… ¿Cómo denominaría usted, amigo lector, a una población de células que crece descontroladamente, expoliando los recursos de la comunidad de la que forma parte? ¿“Cáncer” tal vez?  Y… ¿qué futuro les espera a esas desbocadas “células” en un organismo agonizante?  ¿Cómo llamar a una lucha que se establece contra el propio conjunto al que se pertenece? ¿”Locura” tal vez?

En este contexto uno no puede evitar preguntarse qué “progreso” es aquel que aboca a sus supuestos beneficiarios a padecer unas tasas de cáncer del 20% (y subiendo), a edades cada vez más tempranas. Todos conocemos a alguien que padece esta lacra en nuestra familia o entorno más cercano, cuando hace apenas unas décadas era una rareza aún entre los ancianos.

Engaños, anestesia colectiva e impunidad:

Los investigadores de la extinta Unión Soviética condujeron exhaustivos estudios clínicos sobre los trabajadores que habían sido expuestos a las ondas del Radar, durante su desarrollo en los años 50. Este dispositivo utiliza el rango del espectro electromagnético denominado de “microondas” (ver “La contaminación electromagnética I” en este mismo WebLog), sobre el que, en los últimos años, se ha asentado el macronegocio de la telefonía móvil, entre otras tecnologías de comunicación. Fue construido por primera vez durante la segunda guerra mundial por parte de los británicos, y les ayudó en buena medida a ganar la guerra contra la Alemania Nazi.

Los rusos comunistas, con todos los brutales defectos de un  régimen dictatorial y exterminador, mostraron en este asunto no obstante, más interés por la salud de su población, que todas las democracias occidentales, con sus cacareados derechos y libertades… Aunque sólo fuera para que aumentara la productividad de la “patria socialista”…

Habiéndose puesto de manifiesto serios problemas de salud asociados a ese rango energético desde el principio, esos estudios no fueron metidos vergonzosamente debajo de la alfombra como miserias que quisieran esconder.  La perversa Unión soviética estableció sus límites en 10 microvatios por cm2 para los militares y el personal civil trabajando en instalaciones del ejército, y en… ¡¡1 microvatio por cm2!! para el resto de la población. Es decir,  ¡10.000 veces menor que en occidente! (ver “La contaminación electromagnética I” en este mismo WebLog).

Los científicos soviéticos asumieron de forma consistente que cualquier radiación que no se diera en la naturaleza, tendría algún efecto debilitante sobre la vida, de igual forma que lo hace cualquier molécula química sintética. De ahí que desde las Terapias Naturales reneguemos de la utilización de formulaciones químicas de síntesis artificial como remedios. Todo con lo que la vida entre en contacto, que no haya formado parte de su evolución, provocará una necesidad de adaptación mayor o menor que generalmente se denomina “estrés”. Esa noxa, cuando es mantenida en el tiempo, roba una preciosa energía al organismo que este podría utilizar para vivir más sano y equilibrado.

Cuando en occidente empezamos a ser conscientes de estas preocupantes conclusiones, entrados ya los años 60, en vez de contrastarlas mediante el método de la ciencia (y algo todavía más “sagrado” y escaso, el sentido común), la mayoría de científicos y administradores políticos prefirieron escudarse en que tan solo se trataba de “propaganda comunista para molestarnos”. No obstante,  a partir de los años 70 del siglo pasado, los efectos no térmicos de las radiaciones no ionizantes fueron documentados en occidente más allá de toda duda. Pues bien,  los militares y los industriales simplemente se negaron a reconocerlos y siguieron mintiendo a la ciudadanía y a sus representantes en los parlamentos.  Con la fácil connivencia y colaboración, todo hay que decirlo, de una sociedad aletargada que prefiere píldoras adolescentes de comodidad inmediata, al bienestar y la felicidad de la responsabilidad.

Los reguladores, desde entonces, han seguido una política de “tierra quemada”. No se protege hasta que haya tantas pruebas del daño, que no se pueda ya seguir mintiendo descaradamente a la población. Pero lo peor, es que después de que se descubre que han estado engañando durante décadas, el sistema está montado para que todos los responsables: gobierno, directivos de empresas, “científicos” y “periodistas”, se vayan “de rositas”, a pesar de toda la enfermedad, muerte y dolor que sus irresponsables decisiones provocan sobre sus semejantes.

La mayoría de los científicos que evidentemente querían seguir trabajando entonces como ahora, consintieron y consienten con semejante pantomima. La misma actitud que los voceros de la ignominia cuando, en Mayo de 2011, la OMS realizó el anuncio sobre telefonía móvil y tumores cerebrales (Ver “La contaminación electromagnética I”). Exactamente igual que con la energía nuclear, con los alimentos transgénicos y con tantas otras cuestiones que conforman el muy preocupante estado de cosas en nuestra sociedad.

Sin embargo, por desgracia para ellos, se da una sutil pero fundamental diferencia en lo que concierne a las radiaciones electromagnéticas: ellos mismos, sus hijos, familias y amigos son víctimas de su propia insensatez. No viven en una burbuja de cristal. La degeneración del fondo energético que sostiene la vida es democrática para todos, pues todo lo invade.

Un caso histórico paradigmático:

La siguiente historia viene relatada en el indispensable libro de Robert O. Becker “The body Electric. Electromagnetism and the foundations of life”, una de las referencias utilizadas para la elaboración de estos dos artículos. Ilustra con brutal realismo el negacionismo cerril rayano en la peor de las ignorancias, la ceguera del que no quiere ver, de los “científicos” y representantes políticos occidentales. Y no deja de tener su gracia si no fuera por el dramatismo de sus consecuencias para la población mundial.  El caso es que los rusos se divirtieron bombardeando la embajada estadounidense en Moscú con microondas durante 30 años, ya que, según los occidentales, las emisiones no ionizantes eran (y siguen siendo) totalmente “inocuas”.  Así, desde 1953 hasta 1978 estuvieron irradiando principalmente el despacho del embajador, con una señal compuesta de varias frecuencias de microondas como las que puedan emitir actualmente las antenas de repetición de telefonía móvil, los propios teléfonos, los teléfonos inalámbricos o los wifis, que metemos, demasiado a la ligera, en nuestras casas y en las de nuestros vecinos en pos del “progreso” y de la comodidad.

El bombardeo soviético fue altamente efectivo: los embajadores estadounidenses sufrieron enfermedades coherentes con los efectos nocivos de tales dispositivos radiantes cuando son padecidos de manera permanente. Tal y como los propios rusos habían detectado en sus técnicos de radar. Uno de los embajadores desarrolló una enfermedad similar a la leucemia, aparte de padecer terribles dolores de cabeza y sangrado de ojos. Los otros dos, que ocuparon la misión diplomática estadounidense durante ese periodo, murieron de cáncer.  Un tercio de los demás empleados de la embajada sufrieron un aumento cercano al 50% en el recuento de leucocitos (leucemia incipiente), además de alteraciones en sus cromosomas.

A pesar de que la señal fue descubierta en el año 62 y se investigó dentro del marco de un proyecto denominado Pandora, que demostró que la señal de Moscú provocaba alteraciones en las células sanguíneas y rotura de cromosomas en monos, no se hizo nada. Salvo, eso sí, dar un extra en el sueldo de los empleados por trabajar en un “ambiente insano”, todo ello dentro del máximo secretismo de las acciones llevadas a cabo, por “seguridad nacional” por supuesto.

Pruebas de la peligrosidad de los efectos no térmicos de las radiaciones no ionizantes:

La importancia de las corrientes electromagnéticas en el surgimiento, mantenimiento y conservación de la vida está establecida desde hace décadas. La unión del óvulo y del espermatozoide produce un pequeño “chispazo” de energía de unos pequeños eletronvolts, tan minúsculo (no medible hasta hace unos años) como real. Es la señal de que la concepción ha tenido lugar. A partir de ese momento se desencadena el mágico milagro de la ontogénesis: la formación de un organismo infinitamente complejo con un trillón de células, a partir de una sola y original, el cigoto. Son infinitesimales corrientes electromagnéticas las que guían el correcto y exacto crecimiento y armonía de esta proliferación celular explosiva que es la generación de un nuevo organismo humano.  Pero es mucho más, la recuperación y regeneración de daños, lesiones y enfermedades se realiza gracias a esas mismas microcorrientes electromagnéticas.

El académico ruso A. S Presman describió multitud de observaciones en los que diversos tipos de organismos, son sensibles a campos electromagnéticos de frecuencias e intensidades ridículamente reducidos (y por tanto muy lejos de ser  ionizantes). Curiosamente, como los que se dan en la naturaleza. Estas fuentes de energía, como, entre otras, el campo magnético de la Tierra, proporcionan información para la navegación (como el conocido caso de las palomas mensajeras), pero también y sobre todo, para el crecimiento y la salud de los seres vivos. Es conocido de sobra que los ciclos biológicos están armónicamente vinculados, a estas pulsaciones energéticas, de origen geológico y cósmico, como por ejemplo, las periódicas variaciones de los ciclos solares y lunares. La sensibilidad  de los organismos a los campos electromagnéticos es tal, que son capaces de detectar energías por debajo del ruido termal (la energía del movimiento aleatorio de las moléculas en un sistema caótico). Las células nerviosas en un cultivo, por ejemplo, son capaces de responder a campos eléctricos tan débiles como 0,1V/cm, seis órdenes de magnitud inferiores al diferencial eléctrico de un lado y otro de la membrana celular.

Debido a esa exquisita sensibilidad, los campos electromagnéticos artificiales, con los que inconscientemente llevamos inundando la biosfera en las últimas décadas (ya sean estáticos o pulsantes) producen a frecuencias e intensidades minúsculas, cambios dramáticos en el metabolismo celular, que acumulados en el tiempo, son totalmente coherentes con la formación de enfermedades degenerativas tan graves como el cáncer.  Los organismos, lejos de la carpetovetónica visión de H. Schwann con sus albóndigas y “Hot dogs” (que es la que prima en la industria, y lo que es peor, en los que deberían ser los guardianes “científicos” de nuestra salud), son en realidad sorprendentemente análogos a sistemas electrónicos exquisitamente diseñados… Sólo que mucho más avanzados que cualquier dispositivo artificial que el hombre pueda crear. Esto explica que sean sensibles a corrientes eléctricas y campos magnéticos extremadamente débiles.

Es importante que todos sepamos y comprendamos que gracias a  microcorrientes  electromagnéticas artificiales, se puede conseguir en cultivo y desde hace  más de 30 años,  que ciertas células somáticas convencionales se transformen en células madre totipotenciales. Las células madre como muchos lectores sabrán, son las células primigenias de la formación del organismo, a partir de las cuales se forman luego por diferenciación todas las demás células que conforman nuestro cuerpo. El investigador norteamericano Robert O. Becker y sus colaboradores establecieron los protocolos para producir el proceso inverso: la transformación de células sanguíneas de reptiles, anfibios y peces en células primitivas con capacidad de convertirse posteriormente en cualquier célula corporal, mediante microelectricidad. Emulando así el proceso que siguen animales capaces de regenerar partes completas de su cuerpo como la salamandra, en animales no regenerantes como la rana. Cualquiera con el equipo adecuado y siguiendo esas instrucciones puede reproducir esos experimentos y llegar a las mismas conclusiones.

Esto es fundamental para la defensa de nuestra tesis, pues el hecho incontestable es que las células cancerígenas se diferencian de las sanas por tres características:

-          Presentan formas primitivas. Cuanto más simples e indiferenciadas son las células, más agresivo es el tumor, pues más rápidamente proliferan.  Si las células “enfermas” se parecen más al resto de células del tejido, menos “agresivas” serán.

-          La tasa de reproducción: las células cancerígenas se multiplican de forma salvaje e incontrolada. Contrariamente a la rítmica y pausada multiplicación de las células sanas.

-          Su prioridad metabólica: devoran todo los recursos nutricionales de su entorno y matan de hambre al resto de células (de ahí la caquexia típica de los procesos cancerígenos que acaban llevando a la muerte al individuo).

Hemos comparado las células cancerígenas con las células “sanas”, pero hay dos circunstancias en que células sanas comparten estas tres características mencionadas: simplicidad celular, velocidad mitótica y prioridad metabólica, con las anormales. Esas circunstancias especiales son la etapa de crecimiento del embrión/feto y  el crecimiento de miembros amputados en animales regenerantes. La diferencia entre los procesos “positivos”, como los dos últimos y el “negativo”, cáncer, estriba tan solo en que en este, los sistemas energéticos y de información que mantienen el crecimiento en armonía con un modelo coherente, no están presentes. Lo que termina por desembocar en una proliferación descontrolada, que acaba por destruir el conjunto celular u organismo.  La clave está pues en el control, en el guiado de esa proliferación explosiva. Es en ese guiado donde las microcorrientes y microcampos electromagnéticos desempeñan un papel fundamental, y donde pueden verse interferidos por influencias energéticas externas, dando lugar a aberraciones y males físicos varios.

La “Enfermedad electromagnética”:

Los efectos de este tipo de “microradiaciones” fueron presentados por primera vez en 1971 en una conferencia en Varsovia leída por las doctoras Zinaida V. GordonMaria N. Sadchikova del instituto de higiene en el trabajo y enfermedades laborales, de la Unión Soviética.
Comprendía una serie de manifestaciones  cuyos primeros signos eran baja presión sanguínea y ralentización del pulso. El cuerpo reaccionaba inmediatamente después con todos los síntomas asociados a la “Fase de Alarma” del estrés, tal y como la definió Hans Selye: excitación del sistema nervioso autónomo simpático con aumento de la presión sanguínea. Posteriormente  todas las dolencias/molestias que un estrés excesivo mantenido en el tiempo (“Fase de Resistencia”) acaba produciendo en las personas y en los seres vivos: dolores de cabeza, bajada de las defensas,  incapacidad de concentración, dolor de ojos, insomnio, irritabilidad, ansiedad-tensión nerviosa, dolor estomacal; junto con dolencias más graves (denominadas enfermedades crónico-degenerativas) asociadas a un estrés fuerte permanente (“Fase de Agotamiento”), como apendicitis, cataratas, problemas reproductivos, problemas cardiacos, y cáncer.

Es fundamental que entendamos que no existe cantidad de radiación electromagnética  inocua, por pequeña que sea, cuando la exposición es continua. Por eso es especialmente grave, cuando nos vemos rociados incluso durante el sueño, pues es el momento en que el organismo aprovecha para reparar los daños ocasionados por el estrés de la vida cotidiana de vigilia. Es vital que el cuerpo pueda recuperarse de la constante exposición a la que nos vemos sometidos durante el día, por lo menos durante las horas de descanso nocturno. Esto es así porque los efectos de las radiaciones llamadas “no ionizantes” son acumulativos. Sin ese reparador descanso, el cuerpo se muestra más indefenso para compensar el distrés, y se vuelve más susceptible a la enfermedad (ver “La enfermedad es estrés” en este mismo WebLog).

Otro punto de gran importancia es que, aunque los efectos sobre los organismos vivos se dan siempre, el mayor riesgo, no obstante, se produce cuando somos sometidos a una exposición incontrolada a dosis moderadas/altas de radiación electromagnética no ionizante, de varias frecuencias sobrepuestas. Cosa que está ocurriéndole a buena parte de la población en los últimos 30-40 años, y muy especialmente los últimos 20, con la proliferación de la telefonía móvil, de sus antenas de repetición y de los dispositivos inalámbricos tipo WiFi o DECT etc…

Conclusión:

Un único y simple teléfono móvil ya emite en el entorno de 10 microvatios por cm2. Cerca de las torres de repetición de microondas (Telefonía móvil) de los centros de las ciudades, las densidades de radiación son de 100 a  500  microvatios/cm2. Si el límite soviético y el de la Declaración de Salzburgo (ver referencias: “Manifiesto contra la contaminación eletromagnética”) de 1 microvatio por cm2 fuera establecido, la telefonía móvil debería estar prohibida por atentado flagrante contra la salud pública. Además, el 90% de las emisoras de FM deberían cerrar,  pues los niveles de radiación crecen desde 1 microvatio/cm2 a un km distancia de una emisora de radio tipo. ¿Qué decir de las modernas instalaciones de TV? Cerca de un ramillete de antenas, las densidades de radiación pueden llegar hasta los miles de microvatios/cm2. Un técnico de antenas puede recibir 100.000 microvatios durante unos minutos al realizar su trabajo. La exposición en los alrededores de torres de radar militares o civiles (aeropuertos) llega a 100 microvatios por cm2. Los walkietalkies exponen a sus usuarios a densidades de miles de microvatios por cm2.

Todo el mundo en los países occidentales, excepto en los desiertos o junglas más remotas, se halla sometido a radiaciones miles de veces por encima del ambiente electromagnético natural de la Tierra en el que hemos evolucionado. Ello produce fuertes interferencias con las señales temporizadoras de los ciclos vitales y altera profundamente nuestra salud. Mientras tanto las autoridades se muestran, una vez más, viles cómplices y marionetas de los mismos intereses espurios que llevan siglos retrasando el avance y el despertar de la humanidad, en todo lo que realmente merece la pena. ¿Qué vamos a hacer al respecto? Es momento de replantearse los valores científicos, políticos y culturales sobre los que nuestra sociedad se ha regido. ¿Estamos dispuestos a hacerlo? Si no es por nosotros mismos tal vez por nuestros hijos…

Referencias/ Para profundizar:

Manifiesto contra la contaminación electromagnética

100 estudios científicos que demuestran la peligrosidad de los efectos no térmicos de las radiaciones ionizantes.

En inglés:

Preguntas para las empresas de telefonía y proveedores de tecnologías inalámbricas

Más información

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