LA ENFERMEDAD ES ESTRÉS

Artículo publicado en el número 50 (Junio 2012) de la revista Universo Holístico.

El moderno concepto de “enfermedad” deriva más, a mi modesto entender, de una visión mercantilista y comercial, que de un ejercicio medianamente equilibrado de reflexión a la luz del conocimiento actual. Todo ello está basado en la premisa, uno: de que debe de haber un número suficiente de personas etiquetadas de padecer una determinada “enfermedad”, y dos: de que se “curen” con un determinado tratamiento estándar… Para que el producirlo y venderlo sea rentable.

Se insiste mucho, no obstante, desde un tiempo a esta parte en el seno de la medicina artificial, en que “no existen enfermedades sino enfermos”. No deja, sin embargo, de ser un eslogan hueco y estéril, puesto que siguen aplicando el protocolo como si los seres humanos fuéramos simples eslabones en la inmensa cadena de montaje de sus beneficios.

La práctica natural siempre ha defendido como uno de sus postulados fundamentales la no existencia de la enfermedad como tal. Lo que llamamos “”enfermedad”” no sería sino carencia de salud… Igual que la oscuridad no tiene entidad por sí misma, sino que se define por la carencia de luz. Cuando esa carencia llega a un determinado umbral, en el cual no tenemos más remedio que prestarle atención a nuestro cuerpo, y por ende, a nuestras verdaderas necesidades. De hecho, como cada uno de nosotros se relaciona con el entorno de una manera única e irrepetible, ese umbral que mencionaba es, por lo tanto, totalmente individual. Por eso no tiene sentido etiquetar pomposamente la sintomatología que podamos manifestar en un momento dado… Si no es para elaborar una estadística que permita establecer un protocolo “industrial”, destinado a primar las economías de escala y los beneficios de unos pocos, sobre la salud y el bienestar del individuo (y por extensión de la sociedad en su conjunto).Por no hablar del demoledor impacto que la etiquetación de ciertas entidades supone para las personas. Esa “sentencia” significa una brutal explosión de estrés emocional concentrada en un instante, en momentos además, en que el paciente se halla en un estado de especial vulnerabilidad, esperando un “diagnóstico”.

Porque esa salud que tantas veces se encuentra en carencia en nuestra maltrecha sociedad, podría definirse ni más ni menos, y en definitiva, como “la capacidad global que un individuo es capaz de desarrollar, para adaptarse a las situaciones que le plantea el entorno”, en el más amplio sentido de la palabra. La vida pues es “estrés”: requiere de todos nosotros una adaptación permanente a circunstancias cambiantes en los diferentes niveles vitales, ya sea físico, químico, emocional o intelectual. Y por lo tanto, es en la modulación de ese estrés, donde vamos a encontrar la clave para manifestar un nivel de bienestar suficiente, que haga que la vida merezca la pena ser vivida.

¿Qué es “estrés”?

El concepto de “stress” fue acuñado por el pionero endocrinólogo, de origen húngaro, Hans (Hugo Bruno) Selye. Por “estrés” (la castellanización del término inglés original) Selye, no sólo se refirió al “estrés nervioso”, que es la acepción más comúnmente conocida,  sino a la “respuesta no específica del cuerpo frente a cualquier demanda”. El “estrés” en el léxico de Selye podía ser cualquier cosa que provocara una respuesta fisiológica de adaptación: desde la privación prolongada de alimento o de sueño, hasta la inyección de una sustancia extraña al cuerpo, o un fuerte trabajo muscular. “Estrés”, por lo tanto, es una bacteria o virus que entra en contacto con nosotros, o una toxina química artificial;  pero “estrés”, también es una frecuencia electromagnética que perturba nuestro propio campo, o una persona que nos desagrada, o una noticia que nos sobrecoge, o un problema laboral que no sabemos solucionar. Todo ello impacta con nuestro campo de conciencia y provoca una reacción en algún nivel de nuestro ser global. Ello tendrá un reflejo en aspectos de nuestra fisiología físico-química de las que no somos conscientes de inmediato, pero que ocurren irremisiblemente como descubrió Selye. Esos cambios aun siendo inconscientes para el individuo cuando ocurren, pueden ser profundamente perturbadores para su fisiología orgánica como demostró Ryke Geerd Hamer, y con el tiempo acabar desembocando en una sintomatología, ya manifiesta, muy grave, que el paradigma dominante denomina “enfermedad”.

La adaptación a todo estrés puede realizarse de dos maneras: en positivo, aprovechando el eutrés (estrés “constructivo”) que nos ocasionan los retos pequeños y grandes que la vida nos plantea, para aprender, crecer y salir más fuertes y preparados, o en falso: huyendo de esos retos, intentando cortar el flujo natural de los acontecimientos con tretas, atajos o estratagemas, todas ellas “soluciones” inadecuadas que lo único que hacen es aumentar el distrés (estrés “negativo”) en nuestro organismo. Esas actitudes disipan la energía centrípeta inadaptativa a tejidos cada vez más profundos y jerárquicos,  comprometiendo el bienestar consustancial a estar vivo, y llegando incluso a amenazar el mantenimiento de la vida.

Porque todas las “adaptaciones” en falso que realicemos, serán a costa de nuestra preciosa Energía Vital. Puede que momentáneamente nuestra anestesia (llámense fármacos-drogas-alchohol, exceso de trabajo o de esfuerzo, excesos emocionales, o cualquier otra) funcione, pues conseguirá cortocircuitar momentáneamente la llegada del dolor a nuestra conciencia perceptiva, pero internamente estará socavando nuestra salud y bienestar. Con más fuerza y eficiencia lo harán, cuanto más potente y eficaz sea la anestesia.

Cada decisión de cómo adaptarnos a las circunstancias de la Vida va a producir armonía o desarmonía… Cada armonía nos fortalecerá, cada desarmonía nos debilitará… Y será el balance total de esa cuenta, lo que determine el grado de salud y de plenitud con el que desarrollemos nuestra existencia.

 El caso de este mes:

El caso de este mes ilustra este proceso con claridad. Me traen al gabinete a Juan de tres años, por problemas de regurgitación y vómitos desde los cuatro meses de edad. Nació, desafortunadamente, siguiendo el guión preestablecido del parto medicalizado y desnaturalizado, que les obligan a interpretar a muchas de las criaturas de nuestro país a su llegada a este mundo: parto mediado con epidural y la subsiguiente oxitocina sintética, episiotomía y salida por fórceps. Primera fuente de distrés inadaptativo según nace la criatura, pues no dispone de herramientas para gestionar semejante agresión. Un parto altamente traumatizante. A partir de ahí la adaptación en falso ocurrirá en los niveles de la fisiología más debilitados por el terreno prenatal de cada pequeño individuo.

Desde el momento del nacimiento lloraba mucho atribuyéndole el llanto a los típicos “cólicos”. A pesar del pecho de su madre, la carencia en la alimentación de la nodriza, de nutrientes esenciales para el sano crecimiento del bebé (dieta rica en bacterias acidófilas y fibra, en ácidos grasos poliinsaturados antiinflamatorios y fundamentales para el sistema nervioso,  en fuentes suficientes y saludables de vitaminas, y minerales alcalinizantes  como el calcio o el magnesio) el niño no cogía peso. Comienzan a administrarle los típicos biberones de leche de vaca “maternizada” y que no es sino un popurrí de nutrientes desnaturalizados…. Nuevo factor de estrés. Se le pasan los “cólicos”, el niño ya no llora, el problema es “que tenía hambre”, pero el niño comienza a vomitar con frecuencia.

Le incorporan los cereales de manera prematura, sin respetar los ritmos de maduración fisiológica de la simbiosis entre las células de la pared intestinal y de la vital flora acidófila, lo cual no hace sino empeorar el cuadro. Los vómitos se vuelven diarios. Le prescriben ranitidina y motilium: se suprimen los vómitos química y artificialmente por medio de fármacos (nuevo factor estresante). El niño sigue perdiendo peso no obstante. Por fin alguien toma una decisión realmente adaptativa y acertada: la pediatra le quita los “sacrosantos” lácteos. El pequeño comienza a ganar peso. Desafortunadamente la pediatra le cambió la leche de vaca por leche de soja (salir de Málaga para meterse en Malagón).  Poco tiempo después presenta un potente cuadro agudo con fiebre, vomita y no acepta ni el agua… “Rotavirus” les dijeron. Le costó una semana de hospitalización en la que el cuerpo del niño consiguió expulsar parte del distrés pero a costa de perder mucho peso y de temer por su vida. Unos meses después vuelve a tener una “gastroenteriris fuerte”. “Dieta blanda”, pero sigue permanentemente con descomposición y heces pastosas con fuerte olor ácido.

Durante los tres años que pasaron hasta aterrizar en mi espacio terapéutico, el peregrinaje por los especialistas en digestivo, “eminencias” incluidas es constante.

Mediante la “simple” reducción de distrés acumulado a dos niveles, el niño mejoró notablemente en cuatro sesiones, experimentando un gran cambio a mejor.  Unos sutiles ajustes mediante kinesiología estructural en los huesos del cráneo, homeopatía para el trauma de nacimiento y las pautas alimenticio-nutricionales que recomiendo a personas de cualquier edad, presenten inadaptaciones o no. Eliminación de los alimentos que aumentan la inarmonía o estrés con el organismo: leche de vaca o soja; glútenes de variedades de trigo desnaturalizadas por los intereses comerciales de la industria agroalimentaria; hidratos de carbono refinados (panes, pastas, dulces etc..), reducción de los alimentos putrefactivos (carne, pescado, huevos); junto con la incorporación de nutrientes armónicos con el organismo: bacterias simbiontes, granos integrales ricos en fibra sin gluten o con gluten saludable (avena, mijo, espelta, trigo sarraceno), algas, y complementos de vitaminas y minerales orgánicos que un ser humano necesita para madurar en armonía.

Conclusión:

 Vivimos en una sociedad cuyos valores y actitudes están cada vez más desconectados de la vida, y de lo que somos los seres humanos: una parte de la misma.  Es esta desconexión lo que maximiza el estrés a todos los niveles de la economía energética del organismo y lo que provoca el aumento permanente de dolencias crónico-degenerativas a edades cada vez más tempranas. Las enfermedades de “viejos” en niños son cada vez más habituales.

Hay situaciones en la vida (y en estos tiempos de fin de una era cada vez más), que sólo pueden superarse con un cambio de consciencia, con una armonización con lo que nos está ocurriendo. Ante esa situación podemos optar, como en la famosa saga cinematográfica,  por tomar la “píldora roja”: anestesiarse más, meterse más en la inconsciencia; o por tomar la  “píldora azul”: despertar y tomar el timón de nuestra nave.

Eso es lo que humildemente intento enseñar y transmitir desde la iniciativa GETENAT: la aceptación de que la Vida y la Naturaleza son algo más grande y sabio que el ser Humano, y que esa sabiduría está dentro de cada uno de nosotros… ¡Es más “nosotros” que lo que creemos que somos! Dotar a cada persona que se acerca a mi espacio terapéutico, de las claves para decodificar su acceso a su propia sabiduría y en consecuencia a la salud que rebosa en su interior.

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