VIDA Y EVOLUCIÓN: ¿FRUTOS DEL AZAR? (Escrito original de Julio de 1998)

Hasta hace muy poco tiempo el mero hecho de mencionar la simple posibilidad de que hubiera vida en otros planetas, te hacía objeto, entre la gran mayoría de tus semejantes, de risas, ridículo y desprecio generalizado. Hoy en día, aunque sigue habiendo una clara reticencia a tratar de manera mínimamente seria el tema, por fortuna, las tornas han cambiado. Son realmente escasas las personas que dudan acerca de que esto sea, al menos, una apasionante posibilidad. A ello, sin duda, han contribuido los últimos descubrimientos hechos por el cauce principal de la ciencia,  en materia espacial.

Realmente ante un universo compuesto por unos cien mil millones de galaxias, según el último “censo”, cada una compuesta por una media de, pongamos, doscientos mil millones de estrellas, resulta cuanto menos triste seguir afirmando lo que hasta hace poco sostenían los sectores más reaccionarios y escépticos: que la vida era un accidente imposible, una casualidad de magnitud tal, que sólo podíamos ser los únicos seres “inteligentes” del universo. Dejando a un lado las connotaciones antropocentristas, al más puro estilo bíblico, tan criticadas por estos mismos sectores cuando venían de otro lado, y que harían sonrojarse a sus admirados Copérnico, Galileo y demás, se puede afirmar, a la luz de nuestro conocimiento tecnológico actual, que la posibilidad de entrar en contacto con seres de otros planetas cada día está más cerca. De ahí que surjan con fuerzas renovadas las hipótesis, muchas veces encontradas, sobre lo que podríamos encontrarnos ahí afuera.
Dejando a un lado la religión institucional, uno de los agentes que tradicionalmente proponía respuestas a supuestos interrogantes trascendentes, y que parece haberse quedado bastante en fuera de juego últimamente, existen, a mi modo de ver, dos posturas básicas:

- Por un lado, las teorías remozadas, tras los varapalos que le ha dado la ciencia  espacial, de los sectores científicos cartesianos de la paleantropología.

- Por otro, las teorías surgidas de la fusión de la filosofía perenne, de las órdenes herméticas de la Ciencia Espiritual, y de los escasos grupos de supuesto contacto serios en el mundo.

La paleontología ortodoxa, fiel a sus postulados mecanicistas tradicionales, afirma que la vida es un mero conglomerado de moléculas que, por medio de un proceso muy pobremente comprendido, y explicado, funciona de manera sorprendentemente coherente. Unicamente responde a una serie de reacciones químicas de origen inerte y casual, que son las que le dan existencia y soporte a todo lo que respira. De esta guisa, tanto la simple fermentación de las moléculas orgánicas por parte de las bacterias más primitivas, como el sentimiento de hermandad y de amor, así como la capacidad de abstracción del pensamiento humano, responderían, de manera exclusiva, a meras reacciones químicas más o menos complejas. Desde este punto de vista, la aparición de la vida en la Tierra se ceñiría  a estos patrones aleatorios, y por lo tanto, como dije antes, no dudan en afirmar que ésta es una “casualidad con posibilidades nulas de repetirse en ninguna otra parte del universo”.

Empero, en los últimos años se ha producido una pequeña evolución de estas teorías, a raíz del ineludible avance de otras disciplinas. Así la astronomía, resulta que ahora, ya dice que no… que nuestro sol no es tan único, ni tan raro en la galaxia como creíamos… sino que existen “sólo” ¡otros 200 millones de soles idénticos!, y no digo ya similares, sino básicamente idénticos al nuestro.                        Que resulta que en Marte, en Júpiter y en sus lunas, en Saturno y en las suyas, en Venus, y ¡oh sorpresa! ¡increíble! en la Luna… ¡Hay agua! Pero no sólo agua, sino que en algunos de estos mundos, se dan muchas de las condiciones y de los elementos que se necesitan para dar lugar a la vida, y que, claro, esto debe de darse con mucha más asiduidad en el resto del universo de lo que se creía.           Pero es que hay más: parece que nuestro Sistema Solar, nuestro “único e irrepetible” sistema solar, no es tan “único” ni “irrepetible” desde 1995, ¡el resto de los soles también tienen planetas a su alrededor! Sorprendente. ¡Planetas alrededor de estrellas! Qué tremenda paradoja cósmica. Bien, pues ante tamaña evidencia, los gurús de la biología y de la paleontología se han visto obligados a retocar algo sus teorías, para que no se les caigan los palos del sombrajo antropocentrista. Ahora resulta que no, que la vida no es una “casualidad irrepetible”, sigue siendo una casualidad, pero ahora “repetible”. Pero, por supuesto, las condiciones en que la vida se ha desarrollado en la Tierra, siguen siendo aleatorias, es decir, de encontrar vida extraterrestre, ésta sería totalmente diferente de la nuestra. En el hipotético caso de que lo hiciéramos, tendríamos serias dificultades para distinguirla, porque serían entes amorfos, viscosos, y/o con tentáculos peludos y aliento radiactivo. Ahora sabemos de dónde beben los guionistas y directores de “obras maestras” como “Independence Day” o “Starship Troopers”, por si teníamos dudas.
Pero… ¿es esto realmente así? ¿Somos tan únicos e irrepetibles como estos señores nos quieren hacer creer? ¿Seguimos siendo el centro del universo en algo, a pesar de, Newton, Galileo y …Carl Sagan?
¿O es acaso de esperar que en esto también tengan que rectificar en breve?
Porque si realmente la vida es tan escasa como postulan, ¿cómo explicar la inabarcable diversidad biológica de nuestro planeta? Se han llegado a catalogar un millón de especies, y se estima que aún queden de ¡10 a 50 millones sin clasificar! Entre ellas, las especies extinguidas que no han dejado rastro a lo largo de cientos de millones de años, mucho antes de que nosotros llegáramos ¡Se han observado bacterias hasta en los reactores nucleares!

Y si la vida no es tan escasa, ¿realmente es muy diferente de lo que nosotros conocemos?
Lógicamente, el universo del que nosotros somos conscientes, el que podemos captar con nuestros sentidos e instrumentos, está compuesto básicamente por los mismos ciento y pico elementos estables catalogados en la tabla periódica. Sus propiedades químicas están muy estudiadas y conocemos las reacciones que se pueden producir entre ellos. Así sabemos que la base de la vida se halla en el carbono; que la clave de la multicelularidad de los organismos animales está en la capacidad “corrosiva” del oxígeno, para extraer la fuerza molecular de los carbohidratos, y dotar de energía a la vida superior; que la energía de las estrellas o del interior de los planetas, es la que hace que la vida se active.
Estos patrones básicos a mi entender deben repetirse en el resto del universo como así lo corroboran los últimos descubrimientos hechos en la luna de Saturno, Titán, o en la de Júpiter, Europa. Concretamente en Titán, se descubrió que la capa roja de nubes que lo recubren totalmente, se produce por la interacción del nitrógeno y el metano de su atmósfera propiciada por el campo magnético de Saturno. Esta corriente eléctrica hace que ambos compuestos reaccionen generando un tercero que se ha venido a denominar “Tholin de Titán”. Este Tholin de Titán es un compuesto orgánico complejo, que disuelto en agua, produce algunos de los aminoácidos componentes básicos de la vida. El Tholin que se genera continuamente en las capas altas de la atmósfera,  cae a la superficie, donde gracias al agua traída por los cometas, podría haber generado varios de estos aminoácidos y, quién sabe sí algo más. La supuesta presencia de agua, se ha visto corroborada por el muy reciente descubrimiento de vapor en su atmósfera.

Así, la vida en sus etapas iniciales seguiría, casi con toda certeza, esquemas similares. Pero ¿y después?
Siguiendo mi lógica, el siguiente paso muy factible, sería la aparición de las primeras macromoléculas “autorreplicantes”, ADN o ARN, y con ellos la vida como tal en forma de bacterias, los organismos más “primitivos” pero más preparados para la supervivencia en medios hostiles.  Estas desarrollarían como en la Tierra,  todo un arsenal de medios de captar energía a partir de los elementos y sustancias presentes en el planeta en cuestión. Necesitarían básicamente componentes orgánicos simples. Al agotarse estos, algunas especies de bacterias tendrían que buscar la forma de conseguirlos. Para ello, necesitarían encontrar una fuente de carbono e hidrógeno lo suficientemente abundante para asegurar su supervivencia. El carbono, lo captarían fácilmente (tiene que haber carbono suficiente en esos mundos si no la vida no se habría abierto paso) probablemente del CO2, un gas relativamente abundante en el cosmos. El agua al ser un elemento muy abundante en el universo, se hallaría presente, y alguna especie encontraría la forma de sacar partido de esta virtualmente inagotable fuente de hidrógeno y oxígeno, ambos imprescindibles para formar los componentes energéticos sobre los que se basa la vida superior. Aparecería pues la fotosíntesis aeróbica y el oxígeno empezaría a fluir por la atmósfera. Una vez el oxígeno en la atmósfera, y gracias a las radiaciones ionizantes provenientes de la estrella, aparecería el ozono y con él la protección necesaria para una supuesta vida “extraacuática”.  Ya tenemos los condicionantes básicos para el desarrollo de toda una cadena ecológica evolucionante hacia formas superiores de vida. Y aquí hay poca especulación.  Es un escenario muy plausible, y muy susceptible de repetirse muy a menudo, porque las condiciones particulares del planeta, tales como el índice de gravedad o la distancia con respecto a la estrella, no influirían tanto en estas fases iniciales, dando por sentadas las condiciones mínimas para la aparición de la vida.

A partir de ese momento todo puede ocurrir, es cierto. La diversificación de especies y de formas de vida capaces de llenar los nichos existentes, sería impresionante tal y como se produjo (explosión del Cámbrico) y se produce en la Tierra. Si no sigue un patrón aleatorio puro, que yo creo que no, por lo menos hay que admitir que la diversidad es tal, que es prácticamente imposible construir un modelo mínimamente fiable. Lo que no es aleatorio y si que seguiría un patrón claro e inapelable, es la continua “complejización”, y disculpéseme el término, de los organismos. Habría organismos que no se adaptarían lo suficiente y se extinguirían; otros que se adaptarían demasiado bien, y ante cualquier mínimo cambio en las condiciones del entorno, se extinguirían también; habría un tercer grupo, una línea filogenética en concreto dentro de ese grupo, lo suficientemente adaptada para sobrevivir, pero sin alardes, que seguiría evolucionando entrebastidores, a escondidas casi de las especies dominantes, en cada período geológico. Una línea polifacética que iría recogiendo en sus genes a través de los eones, las mejoras básicas alcanzadas por los millones de especies que pisaran el planeta, para sobrevivir en las más variadas condiciones. Así con el tiempo, esta línea genética sería multicelular, podría moverse (animales), tendría una estructura interna sólida (peces, vertebrados), probablemente saldría del agua (y esto lo explicaré más tarde) (anfibios), cada vez dependería menos del agua (reptiles), dependería menos de la temperatura ambiental (mamíferos, sangre caliente) y desarrollaría una estructura capaz de hacerle almacenar y gestionar la información (mamíferos superiores y humanos), una variable crítica en un mundo en constante evolución. Así aparecerían los animales superiores, eso sí, en muchos cientos de millones de años. Aquí sí que intervienen las características de cada planeta. La gravedad, la distancia con respecto a su sol, la densidad y composición de la atmósfera, el propio desarrollo único e irrepetible del planeta, moldearían la evolución de estos seres, haciéndoles distintos a los animales terrestres. Las posibilidades son infinitas como en el caso de la Tierra, pero las características básicas serían muy similares, y la estructura elemental de los organismos también. Tenemos un ejemplo claro de esto en la Tierra prehistórica. Durante la era Paleozoica o Mesozoica, las condiciones eran bastante diferentes, en cuanto a temperatura, composición de la atmósfera,  e incluso índice de gravedad, como lo sugiere el descubrimiento de animales voladores gigantes como el pterosaurio “Quetzatcoatlus” (12 metros de ala a ala),  que no podrían darse actualmente. Los animales eran diferentes, pero los organismos base son los mismos entonces que ahora.

Lo que parece bastante claro es que la vida, habiendo descubierto la vía del desarrollo del sistema nervioso, lo seguiría explotando y perfeccionando al ser tremendamente adaptativo, y para ello necesitaría ineludiblementes organismos endotermos o de “sangre caliente”, los únicos capaces de proporcionar la energía suficiente para el mantenimiento de una estructura tan cara como el cerebro límbico, la primigenia corteza cerebral mamífera, relacionada con las emociones y la afectividad. Eso dejaría de lado a la rama reptiliana clásica convencional, ya que los mamíferos surgieron de una rama lateral de reptiles que crearon nuevas sistemas mucho más eficientes de gestión de la temperatura, de la humedad, del aprovechamiento del alimento y, por supuesto, de la información nerviosa: los reptiles mamiferoides.

Aquí llegamos a un punto de inflexión en el que merece la pena parar, para reflexionar y especular algo más, si cabe. ¿Cómo serían morfológicamente estos seres? Lo que está claro es que necesitarían de unas extremidades para desplazarse ¿cuántas? Eso no lo sabemos. Si miramos en nuestro planeta, tenemos una gran variedad de posibilidades, pero en los animales superiores la que se ha impuesto claramente es la tetrápoda. ¿Por qué? No tengo respuesta para ello, pero lo que parece claro es que ha sido una elección muy exitosa y tremendamente adaptativa en todos los medios, ya sea aéreo, acuático o terrestre.  Hay muchas posibilidades de que en otros planetas se acabara imponiendo también. Probablemente, sea la más eficiente, a todos los niveles, es decir, tanto en sus funciones para el desplazamiento como en su coste evolutivo. Quizás, en algunos planetas tengamos animales superiores con más o menos extremidades que se hayan impuesto, pero probablemente sean una excepción.

Si han desarrollado sistema nervioso complejo y cerebro, lo cual es muy probable,  seguramente lo tendrán en un lugar protegido y eficiente, es decir, lo más lejos posible del suelo y delante, porque sería ahí donde dispondrían de sus sentidos para comunicarse y desenvolverse en su medio. Donde seguro que no lo tendrían es alrededor del sistema digestivo como los insectos y sus parientes, pues cualquier crecimiento del primero obstruiría el suministro alimenticio de sus células. Lo siento por los amantes de la ciencia ficción: ni las arañas ni los reptiles, son candidatos a la autoconsciencia o “inteligencia”, como dicen algunos.

Realmente, la naturaleza en esto es muy lógica y eficiente, y solamente desde una perspectiva reduccionista y materialista parece que no se admite su tremenda sabiduría en el diseño de los organismos. De esta manera, tendríamos unos seres muy similares a nosotros en todos los aspectos. Sabemos que la naturaleza no desperdicia esfuerzos y es altamente eficaz en la gestión energética, mucho más de lo que somos nosotros con toda nuestra tecnología. Así como postulan las más recientes y vanguardistas teorías de la biología, como la de los campos morfogenéticos de Rupert Sheldrake, sería lógico pensar que los desarrollos eficientes que se trasmiten entre las especies dentro de un planeta, se pudieran traspasar también a los otros por alguna vía. Ya sea a través de estos campos biológicos que todos los seres del universo compartiríamos, o de cualquier otra forma. Esto, por lo tanto, sólo contribuiría a acelerar la evolución de los organismos dentro de unos patrones comunes a lo largo y ancho de nuestro universo, descartando así la tan poco científica idea de “azar”, “aleatoriedad” y demás “casualidades varias” a las que, con tanta frecuencia, recurren muchos autodenominados  “racionalistas” cuando no comprenden algo.  Perpetuando así la superstición y el concepto de “providencia divina” pero cambiando las palabras.
De esta forma, desde el desarrollo de animales superiores, a la aparición de seres autoconscientes, con capacidad de abstracción y afectividad desarrollada (y por lo tanto, tendencia a la armonía social), erguidos para liberar sus extremidades de la esclavitud animal del desplazamiento más eficiente, y ya no tan necesario,  y adaptadas como herramientas al servicio de su recién estrenada consciencia… sólo media tiempo… y quizás alguna cosilla más, que dejaremos para posteriores escritos.

En este punto me gustaría, haceros partícipes de una reflexión que me hago. ¿Por qué el ser autoconsciente apareció en el medio terrestre y no en el agua, o en el aire? Tradicionalmente se considera que los organismos salieron del agua por necesidades alimenticias y de supervivencia: primero de una especie de algas, luego de una de invertebrados, y finalmente de una de peces, ante las presiones a las que les sometían otras especies competidoras en el mismo nicho. La vida pudo así explotar toda una nueva vía de desarrollo en tierra que daría nacimiento a los animales superiores de sangre caliente, y a los grandes cerebros de hominoides y de cetáceos que, curiosamente, luego volverían al agua por las mismas razones que aduje antes. Por lo tanto, parece claro que fue la salida del agua lo que acarreó la aparición de la endotermia, máxime cuando no se conoce ningún animal de origen y vida acuática que la haya desarrollado, durante los seiscientos millones de años de su existencia. Ahí está una de las claves. Pero aún hay más.

Todos hemos oído hablar, hoy en día, de la gran inteligencia que demuestran todas las especies del orden cetáceos y en particular de algunas como los delfines. Son junto con los chimpancés nuestros “herederos” en lo que se refiere al desarrollo de la conciencia. Es más, algunos investigadores sugieren que el delfín está más evolucionado todavía que el chimpancé, y si no lo está todavía más, es porque carece de una herramienta clave para el desarrollo intelectual que le permita plasmar su entendimiento en el mundo exterior. Esta herramienta clave son las manos. El hecho de que en el medio acuático, por sus características físicas particulares, no se haya podido prescindir de un par de extremidades para otro tipo de uso, puede que sea otra de las razones por las que la rama de los delfines no haya despertado a la autoconsciencia. ¿Pero podría haber ocurrido en otro planeta? ¿Podría haber surgido la endotermia en el agua? ¿Podrían haber desarrollado extremidades capaces de plasmar sus ideas en el exterior acuático? Puede que sí,  ¿por qué no? Lo único, es que nuevamente estos planetas, a mi entender, deben suponer una excepción. Puede que se haya producido en mundos donde sólo se dé el medio acuático al estar totalmente recubiertos de agua. Pero es de suponer que habiendo posibilidad de explotar la vía terrestre, ésta es más eficiente, en términos  tanto de consumo de recursos como de rapidez. Así parece sugerirlo la experiencia de la Tierra. No olvidemos que la vida surgió en el agua… Si fuera tan “fácil” desarrollar estas características en ésta, habría animales superiores originarios de y evolucionados en toda su línea filogenética, dentro de ella.

Para concluir pues, decir que esto que he intentado plasmar en estas páginas, es lo que afirma esa segunda corriente a la que hice mención al principio del artículo, por provocadora que resulte para algunos todavía. Que la evolución no es “aleatoria” ni “casual”, sino que sus parámetros se repiten de forma similar en todo el universo físico, y que existirían pues multitud de mundos habitados por multitud de seres, pero que, curiosamente, al “final” de la escala evolutiva física, esta “multitud de seres” convergen hacia seres autoconscientes, con tronco, extremidades y cabeza. En suma, lo que aquí conocemos como “seres humanos”. Aunque por supuesto con variaciones más o menos grandes en función de su grado evolutivo y de las condiciones del planeta. No es exactamente lo mismo un Homo sapiens sapiens que un Homo erectus pekinensis, pero ambos son considerados “humanos”. Así que para ver monstruos de maldad refinada, afán exterminador, aspecto horripilante y sanguinarios, que nos pongan los pelos de punta, habrá que seguir yendo al cine, viendo Expediente “X”… o quizás volver la mirada hacia alguno de nuestros propios semejantes.

Para terminar, decir que la lógica evolutiva no es algo patrimonio de los seres humanos, o que nosotros introduzcamos en el análisis, es algo que existe desde que el universo se creó y es la que generó seres tan evolucionados como el hombre, no lo olvidemos. Es absurdo pretender que no hay intención en ello. Que la vida haga sus experimentos, que se “equivoque”, que pruebe nuevas posibilidades evolutivas no significa que no busque algo. Precisamente el desarrollo de constantes y nuevos diseños es la señal de que está buscando algo y de que lo hace con ahínco, desde hace miles de millones de años de hecho ¿el qué? Eso es lo que nosotros, como seres conscientes, debemos descubrir. Pero jamás lo encontraremos si lo seguimos buscando con una mentalidad cerrada, obtusa, que sólo anhela la satisfacción de intereses económicos, meramente materialistas. Sin humildad, sin respeto, sin la comprensión de que somos una parte de esa misma naturaleza que analizamos, nunca encontraremos la respuesta. Pretender que la evolución no tiene ni sentido, ni fin, ni nada, es fruto únicamente de la prepotencia y de la ignorancia, y no de la evidencia. Como lo es el pretender que la consciencia de la que nosotros disfrutamos fue creada por la inconsciencia más absoluta…

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